El tabaco se muestra y se proyecta en su primera gran vitrina comercial

El olor a tierra y hoja curada no suele asociarse con vitrinas ni con discursos de proyección. Pero durante tres días, en San Diego, el tabaco dejó de ser solo cultivo para convertirse en relato, en vitrina y en apuesta de futuro.

La Asociación Venezolana de Cultivadores de Tabaco (AVENCULTA) decidió romper con la rutina. Lo que durante años fue una rendición de cuentas interna se transformó, esta vez, en una exposición abierta, con stands, conferencias y conversaciones cruzadas entre productores, empresarios y visitantes. Era también una forma de celebrar seis décadas de historia sin quedarse en la nostalgia.

Entre el 10 y el 12 de abril, sus instalaciones cambiaron de ritmo. Donde antes predominaban los números y balances, aparecieron marcas, maquinaria, propuestas turísticas y muestras gastronómicas. Cuarenta y cuatro stands ocuparon el espacio, cada uno intentando conectar con un sector que, aunque muchas veces invisible, sostiene a más de 200 familias en el país.

El movimiento no era casual. Había una intención clara de tender puentes.

En los pasillos se hablaba de tecnificación, de nuevas dinámicas para el campo, de cómo hacer más eficiente un trabajo que sigue dependiendo, en gran medida, de la mano del hombre. El tabaco, recordaban algunos, es uno de los cultivos que más empleo genera dentro del aparato agrícola venezolano. Y eso, en el contexto actual, no es un dato menor.

“Superó nuestras proyecciones”, dijo Rafael Russian, presidente de AVENCULTA, mientras observaba el flujo de asistentes. No lo planteó como un cierre, sino como un punto de partida. La idea, insistió, es que esta experiencia se repita, que encuentre continuidad.

Esa misma línea la sostuvo Juan Antonio Moreno Osio, director de la organización. Para él, el evento no se limita a lo comercial. Hay una intención de construir algo más duradero, un legado que conecte generaciones y que mantenga al tabaco como eje de identidad productiva.

La escena, sin embargo, también hablaba por sí sola.

Productores conversando con proveedores, empresarios explorando alianzas, visitantes descubriendo procesos que rara vez se muestran. Todo en un mismo espacio. Todo girando en torno a un cultivo que ha resistido cambios económicos, caídas y repuntes.

Porque si algo se repitió en las conversaciones fue esa palabra: resistencia.

En los últimos años, el sector ha mostrado signos de recuperación. No ha sido lineal ni exento de dificultades, pero sí sostenido. Detrás de ese comportamiento hay jornadas largas, decisiones complejas y una insistencia constante por mantenerse en pie.

La exposición funcionó, en ese sentido, como una pausa para mirar lo recorrido y, al mismo tiempo, proyectar lo que viene.

No hubo grandilocuencia. Hubo más bien una especie de orgullo contenido, de sector que sabe lo que cuesta sostenerse y que, aun así, decide mostrarse.

Al final de los tres días, quedó algo más que cifras de asistencia o acuerdos preliminares. Quedó la sensación de que el campo también puede narrarse desde otros lugares. Que puede abrirse, dialogar, reinventarse sin perder su esencia.

Y que, en medio de todo, el tabaco sigue siendo una de esas historias que se escriben con paciencia, con trabajo y con la certeza de que cada cosecha es, también, una forma de persistir.