La violencia, cuando estalla, suele explicarse desde la emoción. Este caso obliga a mirarla desde otro lugar: la planificación. El asesinato de Vanessa Centeno y su tío Orlando Rodríguez, presuntamente a manos de Roberto Salas, no solo sacudió a la opinión pública por su desenlace, sino por la lógica que, según especialistas, lo sostiene.
El abogado y psicólogo José Ángel Sánchez propone una lectura incómoda: no hubo arrebato. Hubo diseño. La construcción de una coartada —simular un viaje, ordenar tiempos, preparar accesos— apunta a una mente que no improvisa, que necesita controlar el entorno antes de actuar. En ese esquema, el engaño no es un recurso ocasional, sino una herramienta central.
Sánchez ubica ese comportamiento dentro de lo que denomina rasgos de narcisismo maligno. No se trata de un diagnóstico clínico cerrado, sino de una aproximación a una dinámica: la otra persona deja de ser sujeto y pasa a ser extensión. Cuando ese vínculo se rompe, cuando la víctima decide denunciar o alejarse, lo que aparece no es duelo ni aceptación, sino una respuesta punitiva. El rechazo, en esa lógica, no se procesa: se castiga.
Uno de los elementos que más inquieta en el análisis es la instrumentalización del entorno. El uso de la madre del agresor para facilitar el acceso a la vivienda no solo revela cálculo, sino una ruptura profunda con cualquier forma de empatía. Las relaciones cercanas dejan de ser vínculos y se convierten en medios. En ese punto, Sánchez habla de patrones asociados a trastornos de personalidad antisocial, donde el otro es funcional o prescindible.
También hay un intento de construcción simbólica que no pasa desapercibido. La referencia a elementos religiosos en el relato del agresor, según el especialista, opera como una forma de desviar la responsabilidad. No es una fe que explique, sino un discurso que justifica. La víctima es colocada en una posición de “falta”, como si el castigo tuviera algún tipo de legitimidad externa. Es, en el fondo, una estrategia narrativa que encubre la incapacidad de asumir la pérdida de control.
La escena posterior al crimen refuerza esa lectura. No hubo negociación, no hubo pausa, no hubo remordimiento visible. La presencia de terceros, incluso de sus propios hijos, no operó como límite. El asesinato del tío de la víctima termina de cerrar el patrón: cualquier figura que interfiera se convierte en obstáculo.
A diferencia de otros casos de violencia extrema, donde el agresor dirige la violencia hacia sí mismo después del hecho, aquí el pronóstico es otro. Sánchez sostiene que la huida no es impulsiva, sino parte del mismo esquema. La preservación propia está por encima de cualquier consecuencia moral. La evasión, en ese sentido, también se planifica.
En medio de ese análisis, queda una recomendación que no es sencilla de asumir, pero que responde a una realidad reiterada en contextos de violencia: la denuncia, aunque necesaria, implica riesgo. El especialista insiste en la importancia de construir una estrategia previa. No confrontar directamente, resguardar documentos, reunir pruebas, generar redes de apoyo y, en la medida de lo posible, contar con respaldo económico antes de dar el paso.
El caso no solo deja víctimas. Deja preguntas sobre cómo se identifican estas conductas antes de que escalen, sobre la capacidad institucional para responder a tiempo y sobre una verdad incómoda: la violencia más peligrosa no siempre es la más visible, sino la que se organiza en silencio.

