El embajador de Rusia en Venezuela, Serguéi Melik-Bagdasárov, rompió el silencio sobre el desempeño del armamento ruso durante la operación estadounidense del pasado 3 de enero. En una entrevista con el canal Rossia 24, el diplomático reveló que las tropas venezolanas efectuaron al menos dos disparos con sistemas de defensa antiaérea Iglá contra las fuerzas de EE. UU., pero ambos fallaron. Lejos de cuestionar la tecnología de Moscú, Melik-Bagdasárov atribuyó el fracaso a la «falta de capacitación» del personal militar local, sentenciando que «además de tener una ametralladora en las manos, hay que saber dispararla».
Estas declaraciones surgen como respuesta a los cuestionamientos internacionales sobre la efectividad de los sistemas S-300 y Buk, los cuales habrían sido neutralizados por la guerra electrónica de Washington durante la captura de Nicolás Maduro. Mientras el secretario de Defensa de EE. UU., Pete Hegseth, calificó la tecnología rusa como «insuficiente», el Kremlin busca salvar su reputación como exportador de seguridad, desplazando la responsabilidad hacia la cadena de mando y ejecución de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB).
A pesar del evidente roce diplomático, el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, aseguró que Rusia no abandonará sus inversiones en el país. Moscú confirmó que mantiene contacto diario con la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, y que proyectos como la fábrica de fusiles Kaláshnikov y el mantenimiento de sistemas de armas continuarán durante décadas. Para los analistas, esta postura refleja el intento de Rusia por mantener su influencia geopolítica en la región, incluso después de que su principal aliado fuera extraído del poder bajo el fuego de su propia artillería defectuosa o mal empleada.

