Trump alienta a iraníes a seguir en las protestas

Donald Trump ha decidido que la diplomacia del siglo XXI se escribe en mayúsculas y a través de ultimátums digitales. Con un mensaje que retumba desde Washington hasta las calles de Teherán, el mandatario estadounidense ha instado a la oposición iraní a «tomar el control» de las instituciones, elevando la retórica de apoyo a un nivel que roza la instigación de un cambio de régimen. Bajo el acrónimo MIGA (Make Iran Great Again), la Casa Blanca ha transformado su eslogan de cabecera en una doctrina de intervención política que ya sacude los cimientos del sistema clerical.

El contexto no permite medias tintas. Tras dos semanas de una represión cuya ferocidad empieza a ser admitida incluso por fuentes oficiales —con un saldo que podría escalar a las 2.000 víctimas mortales según el propio funcionariado persa—, la administración Trump ha roto cualquier puente de diálogo. La cancelación de reuniones con representantes de la República Islámica y la promesa de que los «verdugos» pagarán un alto precio, sitúan la relación transatlántica en un punto de no retorno.

La estrategia de Trump, sin embargo, no se limita al terreno moral o militar. En un movimiento audaz de realpolitik económica, el presidente ha amenazado con imponer un arancel del 25% a cualquier nación que mantenga lazos comerciales con Irán. Esta medida busca aislar a Teherán por asfixia indirecta, golpeando los intereses de potencias como China y Turquía, y forzando al mundo a elegir entre el mercado estadounidense o el crudo persa. La respuesta de Beijing no se ha hecho esperar, augurando una nueva fase de hostilidades en la ya maltrecha estabilidad comercial global.

Mientras tanto, en el interior de Irán, el descontento por la carestía de la vida ha mutado en una enmienda a la totalidad del sistema teocrático establecido en 1979. Con el internet bajo asedio y la amenaza de ejecuciones masivas bajo el cargo de «guerra contra Dios», el régimen se atrinchera frente a una población que parece haber perdido el miedo. La presión internacional, encabezada por una Europa que endurece sus sanciones, completa el cerco sobre un Teherán que, en palabras de su canciller, se prepara para «cualquier eventualidad», incluida la sombra de un conflicto armado que Trump, por ahora, mantiene como última carta bajo la manga.