La diplomacia del siglo XXI parece haber retrocedido a una era de cartografías coloniales y ambiciones territoriales crudas. La intención manifiesta de Donald Trump de incorporar Groenlandia a la jurisdicción estadounidense ha dejado de ser una excentricidad retórica para convertirse en un foco de inestabilidad en el seno de la Unión Europea. El argumento de Washington es puramente geoestratégico: la isla es el enclave necesario para frenar el avance de Rusia y China en el Ártico, un tablero donde los recursos naturales y las rutas comerciales emergen conforme el hielo retrocede.
Lo que resulta alarmante en los pasillos de Bruselas no es solo la propuesta de compra, sino que la Casa Blanca no haya descartado la vía militar para consolidar su dominio. Ante este escenario, la respuesta del bloque europeo ha sido, cuando menos, asimétrica. De los veintisiete estados miembros, apenas seis han manifestado una oposición abierta y contundente. El silencio del resto evidencia una inquietante cautela frente a la imprevisibilidad de su principal aliado histórico.
Dinamarca, lógicamente, ha liderado la resistencia. La primera ministra, Mette Frederiksen, ha recordado con firmeza que Groenlandia no es una mercancía inmobiliaria, sino un pueblo soberano dentro de la Mancomunidad del Reino danés. Copenhague ha invocado la garantía de seguridad de la OTAN, señalando la paradoja de que sea precisamente el líder de la Alianza quien amenace la integridad territorial de uno de sus miembros más fieles.
Francia, Alemania, Italia, España, Polonia y el Reino Unido se han sumado al reclamo danés en un comunicado conjunto que apela a la Carta de las Naciones Unidas. El mensaje es una defensa de los principios de soberanía e inviolabilidad de las fronteras frente a lo que consideran una deriva unilateralista. Mientras Washington insiste en que el control del Ártico es una cuestión de seguridad nacional, Europa se debate entre mantener la cohesión de sus alianzas o permitir que el derecho internacional se congele bajo el peso de la realpolitik estadounidense.

