El pasado martes 21 de octubre se conmemoró el Día Mundial del Cifrado, una fecha que, más allá de los discursos técnicos, adquiere un sentido político en un contexto global donde la privacidad y la libertad digital se han convertido en derechos en disputa. La iniciativa —impulsada por actores de la academia, la comunidad técnica y organizaciones de la sociedad civil— busca recordarle a los usuarios de internet la importancia de proteger y fortalecer el cifrado como una herramienta que garantiza la seguridad, la autonomía y, sobre todo, la confidencialidad de las comunicaciones en un entorno cada vez más vigilado.
En Venezuela, el Centro Latinoamericano de Investigaciones Sobre Internet (CLISI) y el capítulo nacional de la Internet Society (ISOCVe) se sumaron a la campaña global, subrayando la necesidad de promover el uso de plataformas con cifrado de extremo a extremo. En un país donde los riesgos de ciberataques, espionaje digital o manipulación de datos no son ajenos a la vida cotidiana, fortalecer el cifrado no solo representa una medida de seguridad técnica, sino una postura política frente a la vulnerabilidad informacional que caracteriza a las sociedades hiperdigitalizadas.
El llamado, en esencia, es a que ciudadanos, empresas y organizaciones adopten medidas más rigurosas para blindar sus comunicaciones, conscientes de que la seguridad digital hoy forma parte de la defensa de los derechos humanos.
Cifrar es resistir: cómo protege el cifrado a las personas
Cada vez que un usuario introduce una contraseña, realiza un pago desde su teléfono, comparte fotos familiares o sincroniza su reloj inteligente, el cifrado actúa como una muralla invisible que impide que terceros —delincuentes, empresas o incluso gobiernos— puedan acceder a esa información.
Cuando los datos están cifrados, permanecen en ese estado tanto en tránsito como en almacenamiento, lo que dificulta el acceso no autorizado y protege la identidad digital del usuario. En términos simples: sin cifrado, no hay privacidad. Y sin privacidad, la vida digital se convierte en un territorio abierto donde cualquiera puede observar, registrar o manipular.
La protección de datos personales ya no es solo un asunto técnico; es un campo de disputa política. En un mundo en el que los datos son el nuevo petróleo, defender el cifrado equivale a defender el derecho a existir sin vigilancia.
Lo que compartes también revela quién eres
Hoy, los jóvenes comparten su ubicación, envían fotografías, registran su rendimiento físico o rastrean rutas diarias a través de aplicaciones. Lo hacen confiando en que la tecnología que utilizan es segura, sin advertir que muchas de esas plataformas registran, almacenan y, en ocasiones, comercializan su información.
Un historial de ubicación no cifrado puede exponer los trayectos entre la casa, la escuela o el trabajo; puede revelar patrones y, en consecuencia, vulnerar la seguridad física de una persona. Para los adolescentes, que suelen ser los más expuestos, este tipo de rastreo no protegido puede significar el riesgo de ser localizados por acosadores o delincuentes.
El cifrado, en este sentido, es una frontera ética: garantiza que solo quienes el usuario autoriza puedan saber dónde está o dónde ha estado. Elegir servicios cifrados no es una paranoia tecnológica, sino una forma de autodefensa ciudadana frente al capitalismo de la vigilancia.
Varias personas están escribiendo… pero ¿quién está leyendo?
La mensajería instantánea, que alguna vez fue un espacio doméstico y limitado, se ha transformado en una red global donde transitan conversaciones personales, laborales y políticas. Hoy pedimos comida, agendamos citas, compartimos documentos de trabajo o recibimos terapia psicológica a través de aplicaciones de mensajería. Pero esa conveniencia tiene un costo: la exposición.
Detrás de cada mensaje sin cifrado puede haber algoritmos que escanean el contenido para construir perfiles publicitarios o, peor aún, para alimentar bases de datos que definen nuestras decisiones futuras. Los servicios no seguros convierten la intimidad digital en un bien de consumo.
Imaginemos que alguien pudiera leer los mensajes de tu grupo familiar. Bastaría con revisar esas conversaciones para reconstruir tu vida: tus amistades, tus hábitos, tus rutinas, tus afectos. El cifrado no solo evita eso; devuelve a la comunicación su carácter privado, íntimo y humano.
El reto: una cultura ciudadana del cifrado
Aunque muchas empresas han avanzado en hacer más accesibles los sistemas de seguridad, la responsabilidad última recae sobre los usuarios. Una práctica recomendable es realizar una “auditoría de cifrado” doméstica, revisando qué dispositivos, aplicaciones o servicios realmente protegen la información personal.
Esto implica crear una lista de los dispositivos conectados, verificar si sus manuales especifican el uso de cifrado y, sobre todo, preguntarse si realmente necesitan estar conectados a internet todo el tiempo. En la era de la hiperconectividad, la desconexión parcial también es una forma de seguridad.
El Día Mundial del Cifrado nos recuerda, entonces, que la privacidad no es un lujo ni un capricho, sino una necesidad democrática. Defender el cifrado es defender la soberanía digital de los individuos frente al poder concentrado de los Estados, las corporaciones y los algoritmos.
En definitiva, cifrar es proteger nuestra voz en el ruido del mundo digital.

