Un fenómeno alarmante está transformando los ríos del Ártico. El río Salmon, en Alaska, ha cambiado su coloración de forma drástica, adquiriendo un aspecto anaranjado y turbio. Este cambio, visible para cualquiera que lo observe, es el resultado del deshielo del permafrost, una capa de suelo congelado durante milenios que está liberando metales tóxicos como hierro, cadmio y aluminio en las aguas.
El proceso, aunque no está ligado a la minería, se asemeja al drenaje ácido de una mina. Al descongelarse, el permafrost expone rocas ricas en sulfuros al agua y al oxígeno, generando una reacción química que produce ácido sulfúrico. Este ácido, a su vez, disuelve y libera los metales pesados en los ríos, alterando su composición química y poniendo en peligro la vida acuática.
Consecuencias para la fauna y las comunidades
El estudio publicado en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias confirma que los niveles de estos metales en el agua del río Salmon superan los límites de toxicidad para la vida acuática, según la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA). La alta concentración de hierro, en particular, enturbia el agua, lo que asfixia a las larvas de insectos y afecta a especies fundamentales como el salmón.
Las consecuencias de este fenómeno van más allá de la fauna. Aunque las concentraciones de metales en los peces no representan un riesgo directo para los humanos en este momento, la alteración de los ríos amenaza la subsistencia de las comunidades indígenas que dependen del salmón para su alimentación y cultura. La situación es crítica, ya que a diferencia de la contaminación minera, este problema no puede ser controlado con barreras, y los científicos lo consideran un cambio irreversible a menos que el permafrost se vuelva a congelar, un escenario poco probable con el actual ritmo del calentamiento global.

